POR QUÉ ESTA CUMBRE DE LA LITERATURA ESPAÑOLA ES ANEPIGRAFA. PERO ANTONIO PARRA DESCUBRIÓ QUE TENÍA PADRE Y MADRE ANDRES LAGUNA QUE NO QUISO FIRMARLO POR MIEDO A LA INQUISICIÓN, ERA UN CONVERSO
VOLVIENDO AL LAZARILLO DE TORMES
Yacemos en casas de poco trigo dados al trato torpe con las mulas del diablo que es como llamaban en Toledo a las barraganas de los clérigos pues más vale fortuna que caballo ni mula y al hombre desdichado la puerca le pare perros, nos movemos entre motolitas que parece que nunca rompieron un plato, curas torvos, mercedarios visitadores que en un año gastan más zapatos que todo el convento, clérigos avaros y crueles como el arcipreste de Talavera que por poco casi le rompe la crisma al pobre lazarillo en la creencia que le sisaba los bodigos y ermitaños santurrones que al morir dejan una prole de muchos hijos habidos con las beatas que visitaban su cenobio.
La segunda parte es un ataque a la moralidad laxa del clero del s. XVI en toda la regla.
Yo descubrí quién era el autor del lazarillo que no fue otro que Andrés Laguna capellán del emperador Carlos V y su protomédico, experto en hierbas medicinales y en eso me afirmo.
A lo largo de toda la obra que se lee de corrido como una gran novela que es pese a los lances exagerados he descubierto muchos refranes, idiotismos y segovianismos que escuché en boca de muchos viejos cuando era niño.
Más vale fortuna que caballo ni mula. Ser como la encina que solo da frutos a palos y los de Segovia estamos bien vareados, somos gente resignada que acepta el dolor con una sonrisa aunque nos queme la rabia por dentro.
─Lázaro, engañado me has.
─ ¿Cómo dice, tío?
─Yo comía de dos en dos y no me decías nada─ le dice el cruel ciego en el pasaje del racimo de uvas que les regalaron los vendimiadores de Oropesa.
El ciego maldito fue su maestro que le inició en la universidad de la vida. Lázaro espabiló. En pago al coscorrón contra el toro de mármol de Salamanca y la treta de beber el vino del jarro por un canuto lo dejó estampado en un barral. Y no olió el poste.
La segunda parte de la obra parece haber sido redactado por una pluma diferente pero muy experta en conocimientos bíblicos.
“Vana es la industria humana e inane su sabiduría cuando Dios no la guía”.
Esta sentencia sólo pudo ser escrita por un converso y el doctor Laguna procedía de la judería de Segovia.
Quiero creer que a pesar de haber recibido órdenes mayores seguía practicando de oculto la vieja Ley pero no podía ser el cuervo más negro que sus alas. Por todo el libro flota el pavor a la Inquisición. De ahí que Andrés Laguna que era amigo y fámulo del emperador Carlos V no lo firme con su nombre.
El protagonista lidia con su desventura. Es un vagabundo sin suerte que sabía ayudar a misa. Sus problemas con la justicia dan con su cuerpo en galeras.
Es compañero de cama de atunes y bogavantes. Ocurre un naufragio y la narración de la tempestad es de una categoría descriptiva magistral.
El náufrago es recogido por unos pescadores que lo meten en un tonel creyendo que era una sardina de gran tamaño y van por Castilla exhibiéndolo como si fuese un hombre pez como atracción de feria.
Hay un aspecto que soslayé o no reparé en él por inadvertencia al escribir mi libro sobre Andrés Laguna escribió el Lazarillo.
Dije que el protagonista era el hambre. En cambio después de una segunda lectura no estoy tan seguro porque hay también sexo a porrillo, sexo y cuernos.
Claro que aquí los que jodían eran los curas y los obispos. El más ruin jabalí se zampa la mejor bellota. Mozas del cántaro. Cantoneras. Damas de toldo y arandela.
“A ningunos me incliné tanto como a los eclesiásticos por ser gente secreta, casa, rica y paciente” comenta una de las visitadoras del P. Anselmo el ermitaño. Aquellos reverendos cataban la mejor tajada. No habían aparecido aun los pederastas.
Los frailes se constituían en garañones que afirmaban la pureza de la raza. A la sazón el sexo no era preocupación de los pobres hambrientos que no llevaban vida tan regalada.
─Lázaro de Tormes cálate el sombrero para que no se te vean los tochos.
─Pues mírese bien a los suyos bien a los suyos, su reverencia ─ le dijo a un abad amante del vino que, cuando le invitaban bebía más que un saludador.
Cuando a Lazarillo lo casan con la querida del arcipreste de Toledo y en el pasaje del eremita que engendró una reciella de rapacines, hijos naturales.
Lazarillo se resigna a su suerte, sufre y aguanta porque en España el que aguanta gana y se echa novia a una mondonguera que le da de comer morcillas y lo viste con una pelliza de raja segoviana con lo cual pudo aliviar su desnudez porque “desnudo nací, denudo me hallo, ni pierdo ni gano" y así sucesivamente.
Este libro que nos hizo reír y llorar a generaciones es epitome de la grandeza y contundencia de la lengua española
Miércoles, 4 de febrero de 2026